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La parábola de la melodía recurrente: Charly es una bendición

Por Gabriel García / PH: Say Calandrino

La parábola de la melodía recurrente

La distancia es ambivalente, una señora cuya presencia permite vislumbrar los hechos con mayor perspectiva pero también provoca el peligro de ficción. Y Charly García implica sumergirse en la constante confusión y disfrutarlo.

Hablar de subjetividad en periodismo pertenece al mundo de lo utópico, de lo imposible. Es perseguir un unicornio que no existe, una corrida que permite el balance fundamental. Lo mismo ocurre cuando una persona nació en Argentina y tiene que escribir sobre Charly García, imposible alejarse. Imposible no ser tocado por la obra. Imposible no ser trasladado por la magia.

Por muchas razones el bicolor debería representar incontables orgullos para todos los argentinos que se podrían resumir de la siguiente manera: alcanza con una mano para contar los países cuya esencia, idiosincrasia e historia pueden ser representados por un solo artista. Nuestro país tiene decenas de nombres propios que superan a la media, con trayectorias que siguen siendo analizadas y escuchadas. No muchas naciones tienen Spinettas, Ceratis, Piazzollas, Cortázares, Mercedes Sosas y Yupanquis. Sin embargo es Charly el que engloba la historia de este país en su figura larga y flaca. ¿Pero cómo?

Lo hace de manera física y etérea. La física es porque el mismo García en sí es una obra con muchos momentos imposiblemente altos y otros con derroteros que no culminan en tragedia porque nuestro celebrado desafía las leyes de la física.

Si algo primó en cualquiera de esas instancias tristes o alegres, aunque parezca una exageración, fue la lucidez. Porque hablar de la genialidad del “Charly de los ochenta” ya pertenece al mundo del cliché, de la salida vaga y fácil del rockero de sofá, muchos le deben a  García el ejercicio de estudiar todo lo que vino después de esa supuesta golden age y entender porque discos como La hija de la lágrima, Say no more o Rock and roll yo son las continuación más perfecta que podrían soñar álbumes como Clics Modernos, Piano Bar o Parte de la religión. Si, personificamos a los discos. Otra vez hablamos de fábulas.

“Yo puedo ser comunista si quiero, Que algo se haya terminado en el mundo no quiere decir que se haya terminado para mí” dijo alguna vez al periodista Sergio Marchi. Esta cita podría ser una puerta de entrada al entendimiento del modus operandi de las melodías recurrentes que flotan en toda la obra del genio.

Su último disco, Random, es escaso en duración pero muy generoso en propuesta. Antes de su edición las expectativas, basadas en los shows en vivo, no eran esperanzadoras, es cierto, pero quien hizo un pacto con El Artista sabe que, sea desde una cama o un estudio en New York City, el cable que conecta su cerebro con el piano y la palabra es inquebrantable. Random continúa la saga Say No More aunque haya sido alabado por quienes no hayan entendido el Constant Concept del todo bien. Pero también trae a Charly al presente.

Es duro y difícil aceptarlo pero Carlos Alberto García Moreno Lange ya nos dio lo mejor que nos puede dar y en cantidades mayoristas. Ojalá el futuro que quede traiga más discos como Random y menos shows inconclusos con heridas de guerra propias de cuestiones físicas relacionadas con las vidas muy vividas de ciertos artistas.

Si el sonido no existiera, si estuviéramos parados en el medio de la Avenida 9 de Julio mirando hacia el obelisco…en nuestra cabeza sonaría un tema de Charly García.

Cada canción nueva de Charly es una bendición

Charly es una bendición.

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