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Drácula hoy: ¿Hay muerte después de la vida?

Por Gabriel García

Cuando la literatura viaja a los Montes Cárpatos y ahonda en el personaje que los hizo, en el mundo contemporáneo al menos, visibles al mundo, inmediatamente se la rebaja a la mera diversión y entretenimiento, lo que no está mal. Sin embargo “Los archivos de Van Helsing” de Xavier B. Fernández es un claro y preciso ejemplo de porque estás adjetivaciones pueden no ser tan acertadas como se suponen. A través de los ojos de varias generaciones de héroes o villanos (porque aquí ingresamos al universo de lo relativo), de apellido holandés, Fernández también describe la vida cultural y artística de los últimos siete siglos.

Aunque el protagonismo cae en varias generaciones de Van Helsings el poder del libro recae en algo que ni el mismísimo Bram Stoker logró cuando publicó su novela; en su libro Fernandez da voz al Conde Drácula, le regala una voz, un punto de vista que encastra las piezas faltantes al estilo coral de la obra del irlandés.

La Cultura Pop suele ser minimizada por los altos círculos del saber, ese club donde menos admitidos representan al mayor disfrute. Expertos que se horrorizan con la Sopa Campbell y entonces escriben tesis vacías y ampulosas sobre el odio, sentimiento que abunda en ese tipo de vidas, que sienten hacia la obra de Warhol. La literatura no escapa de estas disyuntivas y, si dentro de esta, nos referimos a la propia del terror, el asunto parece condenado. Porque a la larga de eso estamos hablando, de seres condenados.

Tanto los libros como las películas del género constituyen la mamushka sin fin, incontables capas de leyendas, estilos y puntos de vista que triunfan o no.  No conocen de grises. El ridículo suele estar a centímetros de distancia del temor. Y el Conde Drácula no escapa a la regla. Si nos apartamos de fanatismos, cultos y adoraciones la novela “Drácula” de Bram Stoker es hija de un contexto como tantos otros hitos culturales; no posee técnicas sorprendentes de narración más allá del formato carta/diario que agilizó lo que sería el nacimiento del gótico moderno. Años después llegaría el cine y no hace falta enumerar lo que eso conlleva.  Mucho más difícil es precisar cuando es que llegó a nuestro radar la figura de Vlad Tepes aunque se presume que, en el Cono Sur al menos, se debe a las investigaciones del escritor y lingüista estadounidense Charles Berlitz. Lo cierto es que desde la versión cinematográfica de Francis Ford Coppola el Príncipe/Voivoda empalador y el Conde Vampiro se transformaron en uno. Con la excepción, victoriosa, del “Drácula 2000” protagonizada por Gerard Butler, donde el chupasangre inició su recorrido eterno como Judas Iscariote. Es importante remarcar que el personaje creado por Stoker es una construcción que parte de varios personajes y leyendas que, en algunos casos, se suman al imaginario de Fernández como la Condesa húngara Ersebet Bathory quien comparte reparto con gente como Oscar Wilde, Adolf Hitler, Bela Lugosi, ¿Arturo Perez Reverte? Y Nicolae Ceausescu, dictador rumano que en vida afirmó ser descendiente del buen Vlad.

A partir de ese momento la inmortalidad permitió que el personaje se mezclará con personajes tan disímiles como Jack, el destripador o Abbot y Costello. Dicho de otra manera, el Amo de la oscuridad y la sangre se convirtió en algo prácticamente kitsch. Un buen ejemplo de esto es la novela “Drácula, el no muerto” escrita por Dacre Stoker quien, supuestamente, tomó unos papeles inéditos legados del antepasado célebre y culminó una secuela que ronda la burla. Cuando el contexto es la eternidad, la longevidad puede ser un arma de doble filo. Puede salir mal y puede salir bien. Y la segunda posibilidad marca el poder cultural lateral del vampiro que más allá de su alcance en diversas disciplinas artísticas que incluyen la música y la pintura; novelas como “La Historiadora” de Elizabeth Kostova” o el mencionado “Los archivos de Van Helsing” funcionan como manuales de historia universal o de la lucha moral entre el bien y el mal siempre matizados por una perfecta narración de misterio. El trabajo de la escritora estadounidense puede abusar por momentos de la abrumadora descripción de paisajes así como  el libro de Fernández parece caer en todos los lugares comunes en lo que a citas históricas refiere. La diferencia es que, en esta ocasión, estas menciones contribuyen al desarrollo de la historia, no están para colorear nada más.

Contra todos los pronósticos el “Universo Drácula” disfruta de una sobrevida que oxigena su sed de sangre.  Producciones contemporáneas como la miniserie que produjo la B.B.C  en 2019 o la novela de Fernández se plantan fuerte que el buen Conde no van a correr la suerte de, digamoslo, “La Momia” de Tom Cruise. Nos seguimos preguntando que vendrá después.

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