Editorial Sinso

Milagro en onda corta

Por Gabriel García

Hace algunas semanas mi abuelo hubiera cumplido cien años y durante las reminiscencias típicas de su vida, los momentos compartidos y las muchas cosas en común rápidamente sobrevoló la presencia de la radio, del aparato. Al día siguiente, taponado de noticias, de cifras y de falta de vacunas y veranos me quede pensando en todo lo que rodeaba, toda la ceremonia de buscar la frecuencia, mover las antenas y decidir que hacer en el mundo real mientras ese conjunto de transistores y hardware artesanal hacía lo suyo.

Compré una de marca Winco, para hablar de mística sonora, pero lo que veía o escuchaba era el galpón de mi abuelo con el sonido reverberándose por todo el patio mientras yo jugaba con martillos, pinzas o una afiladora que de grande nunca supe utilizar.

Sonaba folclore de todo tipo, se olía campo a metros de la avenida Calchaquí. Eran domingos de Horacio Guarany que por la época deduzco serían las canciones de discos como “Cencerros” o “Entre gallos y medianoche”, dignos de una oscuridad que estremecería al mismísimo Peter Murphy. No entendía yo demasiado pero el hecho de que sonaba como sonaba en esa radio me hacía cómplice de un encanto que iba mucho más allá de la estructura musical.

La radio y su escasez de Hi-Fi tenía un efecto que se propagaba cada vez más a medida que mi abuelo prendía el fuego para el asado familiar.

La tecnología y sus posibilidades están siempre buenas, son siempre bienvenidas. Pero de nada sirve un envase vacío, las cáscaras solo muestran el mal gusto que la gente tiene respecto al mate. Con muy poco la radio forjó mentes y cabezas. Honrémosla.

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