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Beatles: La última vez

Por Gabriel García

¡Basta¡ pensó John. Que era Lennon. No nos escuchan, no paramos y estamos rodeados de maniáticos. George, que era Harrison, estaba de acuerdo con su compañero. ¿Y yo qué hago ahora? pensaron al unísono Paul y el malogrado manager Brian Epstein. Ringo, que era eso, Ringo, no se preocupaba demasiado, la vida ya le había regalado bastante. McCartney no quería perder su fructífera sociedad compositiva con el Beatle Johnny y Epstein no entendía muy bien cuál serìa su nueva razón de ser si el grupo no salía más de gira. Y ese show en el Clandestick Park de San Francisco iba a ser el último recital de los Fab Four ante una multitud. Y lo más extraño radicaba en que la máxima revolución estaba todavía por venir. Yeah, Yeah, Yeah.

Parecía que habían pasado horas desde el día en que un Teddy Boy llamado Raymond Jones ingresó al negocio de la familia Epstein, una casa de muebles y electrodomésticos llamada NEMS ubicada al norte de Liverpool, para comprar el single “My Bonnie” que los Beatles habían grabado con Tony Sheridan  en la Reperbahn del distrito de St Pauli en Hamburgo, Alemania. Ante los reiterados pedidos de ese disco Brian vió al grupo y los presentó al público grande. Pero los chicos crecieron y se convirtieron en la banda más importante del planeta: records históricos, canciones únicas, histeria, mujeres, giras y más giras. Hasta que llegó 1966.
No hace falta tener un emérito doctorado en música para tomar nota del claro progreso que los de Liverpool iban mostrando disco a disco;  desde “A Hard day´s night” , su primer álbum con todas composiciones propias, “Rubber Soul” con las primeras incursiones orientales a cargo de Harrison y, por supuesto, “Tomorrow never knows”de Revolver que merece un párrafo aparte.
El gran D.T de la banda dentro del estudio fue históricamente su productor George Martin quién además se desempeñaba como una especie de “traductor” de los requerimientos de la dupla compositiva principal. Requerimientos que podemos ejemplificar de la siguiente manera:

Paul: George, quiero un cuarteto de cuerdas y que el charleston de la batería suene a la época dorada de Hollywood en los años treinta.

George Martin: hecho

John: quiero que “Tomorrow never knows” suene a un coro de Lamas nadando en ácido en la cima del Monte Everest.

G.M: ¿?

Geoff Emmerick, quién justo ese día debutaba como asistente de Martin, fue uno de los primeros en advertir que la música que estaba produciendo el cuarteto de Liverpool ya no podía ser interpretada en vivo.

Pero a ciencia cierta esa no fue la única razón que alejaría a la banda de los recitales en grandes estadios. John Lennon no disfrutaba mucho de las mieles del éxito; estaba desencantado con su matrimonio con Cinthia Powell, vivían  aislados del Swingin´London en la mansión “Weybridge” ubicada en las afueras de Londres con su hijo Julian de tan solo tres años. Y para colmo no había disfrutado filmar películas, particularmente la segunda (“Help”) que en sus palabras fue un “desastre” y más tarde le diría al director, Richard Lester, que se había sentido como “un tonto actor de reparto en su propio film”. Pero la beatlemanía no paraba. La lengua de John tampoco.


En la primavera de 1966, el Evening Standard, un diario londinense, decidió aprovecha la amistad  que su reportera estrella, Maureen Cleave, mantenía con el Beatle que tenía fama de ser un pensador profundo, iconoclasta y ácido. La mutua confianza que ambos se profesaban desvió la charla hacia un terreno impensado para una estrella Pop de los años sesenta: la religión.
“Lamentablemente el cristianismo desaparecerá. Se encogerá y desvanecerá. No necesitó discutir eso, estoy en lo cierto y lo van a comprobar. Como vienen las cosas hoy en día los Beatles somos más populares que Cristo. Tal vez el Rock and Roll desaparezca antes pero no lo creo. Jesús fue un buen tipo pero sus discípulos fueron unos idiotas ordinarios. Lo están llevando a la ruina.”
Claramente Lennon no esperaba que sus malinterpretados y descontextualizados dichos provocarían la furia del sector más radicalizado del cristianismo al punto que se organizaron quemas de discos y demás merchandising Beatle. La órden del Klu Klux Klan amenazó con asesinar a los flequilludos durante uno de sus recitales en Estados Unidos.
Previamente habían sido atacados en Japón por haberse presentado en el Budokan Hall, un lugar destinado a la memoria de los héroes de guerra. Y en Filipinas habían sido privados de seguridad y atención en el hotel en que se hospedaban por no asistir a una cena organizada por la entonces primera dama, Imelda Marcos, que era una especie de Eva Perón de la época. Cansados y aturdidos, ese 29 de agosto de 1966 en el Clandestick Park de San Francisco se presentarían ante un público por última vez.

Paul seguiría adentro del estudio para grabar el primer trabajo solista editado por un Beatle, la música incidental para la película “The Family Way” , John se iría a Almeria (España) a filmar la antibélica “How I Won The War” con Ringo Starr como acompañante mientras George se iría a estudiar Meditación Trascendental a la India. Meses después se juntarían para empezar a trabajar en un disco llamado “Sgt Pepper´s Lonely Hearts Club Band”. Todavía tenían mucho que dar. Como dijo  el poeta Walt Whitman “Nunca tantos debieron tanto a tan pocos”.

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