Editorial Sinso

La editorial de la semana

Mirando las nuevas olas

Por Gabriel García

En 1965 Bob Dylan  inició una gira inglesa mitad acústica mitad eléctrica, dicho enchufe más alguna que otra tableta dio a luz al gen psicodélico en buena parte de los grupos del Swinging London dando vuelta al Planeta Tierra  y barriendo las miserias de la intelligentzia rockera bajo la alfombra del mundo viejo. Después, Jimi Hendrix se incendiaba a sí mismo en el Monterrey Pop Festival, años antes que David Bowie despidiera virtualmente a Ziggy Stardust, nuestro marciano favorito.

Todos estos sucesos fueron magistralmente retratados por D.A. Pennebaker, uno de los más grandes documentalistas que contaron el rock. Entendimos que sus películas nos metían en las vidas de nuestros ídolos y nos permitían repetir datos exactos que enunciábamos sistemática y enfermizamente cuando escuchábamos los discos con nuestros amigos. Porque a los que tenemos más de 30 nos marcó la saturación del ritual. A lo largo de nuestras vidas, en mayor o menor medida, disfrutamos el hecho de ir a comprar el disco, escucharlo y comentarlo. Eso de poner el cassette y apretar pausa para ir escribiendo la letra no superó bien el paso del tiempo . Pero ¿es natural hablar con tanto adendum complementario sobre algo directo y que se define por si solo como lo es el rock?.

Puede que la pregunta incomode, moleste, pero existe. Y no se puede hacer nada contra eso. Es la cuestión del ego que nos muestra que estamos pasando a la vereda de enfrente; antes nos revelábamos nosotros, ahora se nos revelan. Cuando escuchábamos un disco por primera vez y no lo entendíamos  le seguíamos dando play hasta que veíamos de que iba el momento del artista, podemos Mario Mactas explicando el “Cajeteala piola gato”, hoy los más jóvenes prenden la Play o le dan al WhatsApp. Y eso está muy bien.

Algunos nuevos gerontes depositaron mucha fe en el placebo del vinilo , varios enamorados de “Cási Famosos” que viven una película de los setenta con música proveniente de los masters de los Cd.  Así son las cosas: cuanto más vintage, más validez cultural tiene lo que bancamos, lo que sea por empuñar el “¿Qué sabes nene? Vos no estuviste ahí…”, el Eden del geronte, el sentido más literal de esa zoncera que dice que el tiempo da la razón. No hay principio físico que aguante.

El mundo cambia, la gente y los países cambian y, en consecuencia, la cabezas se abren. O deberían. Duele aceptarlo pero, al igual que el periodismo, la música se transformó en una commodity, forma parte del mundo del entretenimiento, lo que no significa que la estemos subestimando. ¿Acaso el rock no surgió en la década del cincuenta para que los nuevos adolescentes con sueldos gastaran su dinero en muebles, discos y televisores?.

En 2019, el espíritu adolescente también grita por entretenimiento, la diferencia es que ahora está al alcance de su mano. Disfrutan una biopic mientras los más grandes se rebanan el cerebro en búsqueda de fallas históricas en el guión. Disfrutan de la música de Queen (Bohemian Rhapsody), Elton (Rocket Man) o Beatles (la próxima a estrenar Yesterday) mientras nosotros tomamos la espada de la absurda memoria enciclopedica en tiempos de Google, aburriendo por ahí. Pero podemos aprender de esas tres películas. Bueno, de Rocket Man y Yesterday al menos. Podemos aprender de esas dos películas.

Bohemian Rhapsody no deja mucha tela para cortar; una historia que se vende sola, con imprecisiones tópicas de todo tipo. El Freddie conflictuado, el Freddie Glam en Rio de Janeiro…Rocket Man, por su parte, está concebida como arte. Como Free Jazz. No busca el valor documental, no agrega drama a la ya dramática vida del retratado Elton/Reg Dwight. Hay un laburo de imagen que complota con la falta de dibujo que el protagonista/productor eligió para contar su vida mediante la deconstrucción y la gran interpretación de Taron Eagerton. Porque si el mensaje no falla la biopic logra el salto generacional. Sin caer en el spoiler, Yesterday de Danny Boyle logra eso, es la respuesta definitiva a la pregunta acerca de la longevidad de la obra. ¿Quiénes fueron más importantes los Beatles o sus canciones? ¿la salvación del alma o las ganas de comprar un televisor?

Tal vez llegó la hora de dejar de renegar  por los nuevos consumos y tratar de entenderlos. No adoptarlos, interpretarlos. Y dejar la fuerza para las cosas que realmente contaminan, esas que son cada vez más infinitas, esas de las que D.A. Pennebaker nos trató de advertir hace más de cincuenta años.

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